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UNA PALABRA DE ESPERANZA

Por: Rvdo. Jorge Daniel Zijlstra Arduin

Haber pasado por experiencias de pérdida y dolor me han enseñado a afirmar la fe en la esperanza, seguros que todo está bajo el cuidado cercano de nuestro Padre de amor. La fe es nuestra fortaleza y esperanza en medio de toda angustia y, por esto, la perspectiva del creyente sobre la vida y sobre la muerte nos permite afirmar:

“Sé vivir con limitaciones, y también sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, tanto para estar satisfecho como para tener hambre, lo mismo para tener abundancia que para sufrir necesidad; [Porque] ¡todo lo puedo en Cristo que me fortalece!” (Filipenses 4: 12-13 RVC)

El Evangelio de Juan, en uno de los textos bíblicos más fundamentales para mi experiencia de fe, resume el credo antiguo pre reformado que expresa “Lux Lucet in Tenebris”. Basado en Juan 1:5a, el pueblo de la fe desde todos los tiempos y en todas las latitudes se aferra a la esperanza y afirma:

“La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.” (Juan 1:5)

La luz y la vida (ver Juan1:4) reveladas en las palabras, las prácticas y el espíritu de Jesús, iluminan la existencia y movilizan la esperanza del pueblo aún en tiempos de adversidad. Por eso hoy es bueno reflexionar sobre la razón y el sentido de nuestra esperanza.[1]
Hace un tiempo, en el marco de la estación litúrgica del Adviento, reflexioné sobre la esperanza desde la experiencia de embarazo de María e Isabel (ver Lucas 1: 39-45). Observé que la experiencia de aquellas mujeres y las vidas que ellas gestaron, nos desafían a comprometernos con la misma esperanza y el mismo Espíritu que inspiró la vida Jesús y definió sus prácticas, cónsono con la buena voluntad del Padre para con nosotros. El Espíritu que le inspiró y nos desafía es un espíritu de vida:

«El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha ungido para proclamar buenas noticias a los pobres; me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos y a proclamar el año de la buena voluntad del Señor.» (Lucas 4: 18-19 RVC)

Jesús vino al mundo a anunciar buenas nuevas para las y los cautivos. Buenas noticias para contextos difíciles. Buenas noticias para un tiempo árido de ellas. Buenas noticias que trastocan esquemas y que llaman a lo nuevo. Buenas noticias de Jubileo, perdón de deudas, redención, nacimiento de lo nuevo, que se va gestando aún en medio del desorden y la no-vida (ver Génesis 1:2).

“La bienaventuranza en la vida no proviene de la inexistencia de dificultades, sino de la certeza del alma que cree y que actúa por la gestación de un mundo nuevo. La esperanza de la joven María y de la anciana Isabel, es la esperanza de todas las personas que a lo largo de la historia han confiado en una nueva realidad posible, que surge precisamente en contextos de opresión y dificultades. La esperanza nace de mujeres y varones, jóvenes y ancianas que se involucran activamente en la gestación de un tiempo nuevo. “Cualquier alma que cree, concibe y engendra al verbo de Dios” decía San Ambrosio. Ahí está la dinámica de la fe, saltando en el vientre del pueblo. Engendrando los proyectos de Dios en el hoy histórico que nos toca vivir: encarnamos a Cristo nuevamente en medio de los dolores y las esperanzas de nuestra gente. En medio de las tinieblas de la vida, la luz de Cristo resplandece y los problemas y dificultades no pueden opacar la luz de este nuevo tiempo.” [2] 

Esta nueva realidad posible para todas y todos, sigue siendo la que -por la fe- afianza nuestra esperanza y compromiso con lo nuevo por venir. Es la voz profética que resuena en el mundo en crisis:

“Fíjense en que yo hago algo nuevo, que pronto saldrá a la luz. ¿Acaso no lo saben? Volveré a abrir un camino en el desierto, y haré que corran ríos en el páramo.” (Isaías 43:19 RVC)

             Isaías miraba su tiempo y en medio de las dificultades afirmaba la vida. Es el desafío de la fe en tiempos que parecen áridos de esperanza. Al poner los ojos en los planes de Dios para la vida y enfocarnos en lo que Jesús hace en medio nuestro, podemos re pensar el presente y asirnos nuevamente a la esperanza.

Pensar en el presente y en el futuro del mundo, de la sociedad, soñar y construir un mundo mejor, debe ser para el creyente un tema de la fe, porque el pueblo de la fe es, por identidad, por origen y por fundamento, el pueblo de la esperanza en un mundo nuevo, no tanto en el más allá, sino en el más aquí de la vida en donde Dios quiere que seamos instrumentos de su voluntad de plenitud para todos y todas.

Estuve repasando estos días “Teología de la Esperanza” de Jurgen Moltmann (quien vivió la experiencia del nazismo y de los campos de concentración en Bélgica); el destacado teólogo alemán afirma algo muy interesante respecto a las cosas que se dicen de Jesús:

“Todos los predicados adjudicados a Cristo, dicen no sólo quién fue y quién es, sino que implican afirmaciones acerca de quién será y qué hay que aguardar de él. Todos esos predicados afirman: “Él es nuestra esperanza” (Col 1, 27). En la medida en que, de estemodo, tales predicados anuncian al mundo, en promesas, el futuro de Cristo, insertan la fe en éste, en la esperanza en su futuro no sobrevenido aún.”

Y es así, el centro de nuestra fe es nuestra esperanza y Él es nuestra esperanza porque nos ha asegurado desde el principio la realización de un mundo nuevo donde los pobres serán bienaventurados, donde los tristes serán consolados y donde el ingreso al llamado “cielo” estará supeditado al principio ético de haber cumplido o no con la responsabilidad hacia el que tiene hambre, necesidad de un techo, carencia de ropa, del afecto de una visita o hasta un simple vaso de agua.

 Jesús es nuestra esperanza por su triunfo, porque nuestras fuerzas no son las nuestras sino la de Él, pero especialmente porque reconocemos que Él ha definido que somos su familia más cercana, en la medida que hacemos la voluntad de quien nos envió. “Mi padre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi padre”, le dijo a sus discípulos. Y su voluntad es la de un mundo más fraterno y justo donde el amor al prójimo y a Dios moja todos los tejidos de la sociedad.

Ésta es nuestra esperanza, pero ciertamente se espera lo que no se ve, lo que no se puede palpar -aún- como realidad plena; Y, a veces, lo que no puede, prácticamente, ni ser soñado.

Moltmann sabe de esto y describe ampliamente la realidad que ese otro mundo esperado y prometido, que nos habla de esperanza, se choca, “entrar en colisión con la realidad experimentable en el presente”. Sin embargo, en esa confrontación entre realidad circundante y promesa, tan cruda a veces, ahí mismo es que vive y se arraiga la esperanza cristiana, porque “La esperanza cristiana es esperanza de resurrección”.

Calvino vio muy bien el desafío que tenemos de seguir creyendo en la resurrección cuando “Se nos promete la vida eterna; pero se nos promete a nosotros, los muertos. Se nos anuncia una resurrección bien aventurada; pero entretanto estamos rodeados de podredumbre. Se nos llama justos; y, sin embargo, el pecado habita en nosotros. Oímos hablar de una bienaventuranza inefable; pero entretanto nos hallamos oprimidos aquí por una miseria infinita.

Se nos promete sobreabundancia de todos los bienes; pero somos ricos sólo en hambre y en sed. ¿Qué sería de nosotros si no nos apoyásemos en la esperanza, y si, en este camino a través de las tinieblas, iluminado por la palabra y por el espíritu de Dios, no se apresurase nuestro entendimiento a ir más allá de este mundo?” (Ad. Hebreos, 2,1-11).” (cita de Calvino en Moltmann).” [3]

Hace un tiempo un artículo del periódico El Nuevo Día reproducía una entrevista a Benjamin Ferencz, quien con solo 28 años fue el fiscal que llevó adelante la acusación de 22 militares acusados por el genocidio orquestado por Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. El periodista le preguntaba al ex fiscal:

—Al cabo de noventa años ha visto tanta muerte y tanta miseria en el espíritu humano… ¿cómo es que mantiene encendida la llama de esperanza?

—No tengo alternativa. Desde luego que he visto mucho sufrimiento… demasiado, pero no puedo hacer una pausa ni dejar de cumplir con mi credo mientras tenga un soplo de vida para mejorar la manera como los seres humanos se relacionan mutuamente. No tengo vacaciones, no tengo días de fiesta, no tengo un salario… y todo porque lo único que me alienta a seguir vivo es hacer lo que mi conciencia me dicta que debe ser hecho.[4]

La esperanza no pude detenerse porque nace del espíritu de Jesús que nos mueve a seguir adelante siguiendo su ejemplo de vida entregada, solidaria, compasiva, justa, amorosa y plena de esperanza. En Jesús está nuestra esperanza y en sus pasos nuestra guía. “Renacemos a una esperanza viva” al decir de Pedro (1Pe.1:3). Renacer es volver a vivir y esperanza es:

“esa condición del ánimo, del corazón y del espíritu que nos permite ir adelante, aún incluso, en medio de las dificultades. La esperanza es lo que permite creer en la vida, aún cuando la muerte impera.

Esperanza es poder mantener la certeza de la alegría, aún cuando la lagrima está rodando. Esperanza es saber que hay un mañana, aún cuando hoy parece que va a terminar el mundo. Esperanza es motivo para seguir, es razón para luchar, es fe para soñar. Esperanza es certeza y es seguridad, es confianza en que Dios tiene un future mejor por delante, aún cuando el presente intente negar todo futuro mejor.

Esperanza es trabajar por la vida, es esperar un futuro mejor, aún cuando impera la muerte y nada indica algo distinto al horror. Esperanza es luchar por un futuro digno y pleno, aún cuando lo que vemos alrededor son oscuros nubarrones. Esperanza es confiar en que, a fin de cuentas, siempre volverá a brillar la luz del sol.

Esperanza es saber esperar, pero activamente y comprometido con los esfuerzos de aquellos y aquellas que luchan por un mundo diferente, convencidos en que la luz de la justicia será una realidad y que lo que Dios nos ha prometido se cumplirá.

Quizás no debiéramos decir “tener” esperanza, para no creer que es algo que se puede comprar, o acaparar, o poseer. Porque, más bien, la esperanza es la que nos posee a nosotros, es la que nos cautiva, nos mueve y nos permite creer y luchar por realidades hoy tan lejanas.

El sabio popular entendió perfectamente el rol y la importancia de la esperanza en la vida humana y cómo la esperanza debe ir unida a los sueños y a la luz, como dice Sábato en “Informe sobre ciegos”.

Con la sabiduría que nace de vivir y apreciar la vida y la historia en cada calle y en cada paso alguien escribió en una pared su saber: “Un hombre no envejece cuando se le arruga la piel sino cuando se arrugan sus sueños y sus esperanzas” (…)”

Aristóteles decía “la esperanza es el sueño del hombre despierto”, porque sólo despiertos a la realidad y a Dios podemos enfrentar el presente y el futuro con esperanza.[5]

“Por eso es que hoy tenemos esperanza;
por eso es que hoy luchamos con porfía;
por eso es que hoy miramos con confianza,
el porvenir en esta tierra mía”.[6]

 



[1]
Estas palabras proceden de algunos artículos previamente escritos por su servidor (ver siguientes notas al pie). Hago la salvedad porque ustedes pueden ir a esos artículos buscándolos en internet, pero también porque al tratarse de escritos producidos hace un tiempo, hoy podamos leerlos libres de las presiones que el tiempo presente muchas veces impone a lo que decimos, a lo que pensamos o a lo que hacemos.
[2] “Un nuevo tiempo se está gestando: engendrando cambios construimos esperanza” (Zijlstra, 2011, Lupa Protestante)
[3] “La esperanza de un cambio global” (Zijlstra, 2011, Lupa Protestante)
|[4] http://www.elnuevodia.com/nopodemosdejardecreer…-1093823.html
[5] “El Espíritu alienta la esperanza” (Romanos 8:18-27) (Zijlstra, 2011, Lupa Protestante)
[6] “Tenemos esperanza”, Obispo Federico Pagura.