LLÁMENME HEREJE

Hoy fui a la “plaza pública” de nuestra cultura y Dios me visitó. No fui al templo de la religión institucionalizada, me confieso. Tomé una sabática eclesial. Fui a encontrarme con la gente, con sus penas y sus esperanzas. Nos encontramos, más de 1,000 personas viviendo una experiencia sublime, espiritual, religiosa; en un espacio liminal donde el dolor se quedó frente a la puerta, lo dejamos en un estacionamiento de la parada 22 frente a Bellas Artes de Santurce.

El Dios de los cristianos entró a la sala sinfónica y se sentó conmigo a través de la invocación de una pastora protestante y de la dulce sonrisa de un niño sobreviviente de cáncer. Allí, al sonido de rock sinfónico y de las líricas de los Beatles, entre otros, hice mi ejercicio de hermenéutica cultural. Todos estábamos allí para construir un espacio de esperanza, un espacio liminal; el Reino de Dios aquí en la tierra, donde miles de pacientes de cáncer puedan encontrarse con el Dios que sana a través de la ciencia, de la bondad y desprendimiento de la gente que dona de su médula ósea.

Allí lloré como cuando escucho el himno “Heme aquí Señor”, pero escuchando “Imagine” de John Lennon:

“Imagine no possessions
I wonder if you can
No need for greed or hunger
A brotherhood of man
Imagine all the people
Sharing all the world…

You may say I’m a dreamer
But I’m not the only one
I hope someday you’ll join us
And the world will be as one.”

Lloré al escuchar “Yesterday, all my troubles seem so far away”; y finalmente “Stairway to heaven”. Llámenme hereje y lo recibiré como un halago; pero sentí que escuchaba un sermón de misa o servicio dominical.

Y finalmente en mi mano el sobre con la solicitud para ser donante de médula ósea y apoyar la organización “Be The Match”. Lo miré y recordé mi entrenamiento profesional en arte para la comunicación y el mercadeo; para estimular sentidos, provocar sentimientos, todo para generar ventas. Después se activó en mi recuerdo el niño de 10 años sobreviviente de Leucemia, de un joven amigo de mi hijo y nuestra sobrina fallecidos hace unos años, de los abuelos, padres y madres que están a mi lado acompañando sus seres queridos. Allí me pregunté, ¿y si fuera mi familia? ¿Me preocuparía tanto que alguien se hiciera más rico si mi hijo tuviera la oportunidad de vivir?

Hoy me encontré con la gente que sufre pero que también tiene esperanza, que se sentaron a mi lado a olvidarse del Dios que castiga, condena y te manda al infierno por ser diferente. Me senté con los que necesitan encontrar esperanza en medio de su sufrimiento, de la muerte, de lo muchas veces injusto e inevitable. Escuché la voz de Dios decirle a mi corazón: “escribe, dile a la gente que estoy sentado en la butaca de Bellas Artes como lo estuve en las piscinas de Bethesda, que estoy en el cine y en los coliseos como estuve en el monte, en el camino, en la playa, en el cementerio, en los banquetes y en las fiestas de boda. Estoy donde ellos están celebrando, llorando y construyendo espacios de esperanza.”

Por qué no decir que hoy ¡FUI A LA IGLESIA!

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