La Espiritualidad del consumo

En nuestros tiempos impera una «espiritualidad del consumo». Podemos parodiar a Descartes y afirmar que la persona postmoderna dice «compro, por lo tanto existo». Hoy el valor del ser humano se determina por el costo y la calidad de sus posesiones, específicamente de sus bienes inmuebles, de su auto, de los productos electrónicos que maneja, de su forma de vestir y de los grupos de pares con quienes se relaciona.

Jean Baudrillard, en su libro La société de la consommation, afirma que vivimos en una sociedad de consumo, definiendo este fenómeno como «un modo activo de relación (no solo con los objetos, sino también con la colectividad y con el mundo), un modo de actividad sistemática y de respuesta global sobre la cual se fundamenta todo nuestro sistema cultural».

En el campo de lo religioso, la tendencia al consumismo se ve tanto en la ideología de la prosperidad que se predica en algunas Iglesias y en algunos medios religiosos de comunicación masiva. También, podemos ver una manifestación de esta tendencia en la figura del «pastor empresario», quien maneja su congregación como si fuera un negocio propio. Algunos de estos líderes religiosos sostienen un estilo de vida extravagante, manifestado por sus múltiples y costosas posesiones.

CONSUMO

Creo que esta espiritualidad del consumo produce un Evangelio despersonalizado, predicado a masas anónimas, que no tienen una verdadera relación con su «pastor empresario» ni con las celebridades religiosas que presentan sus espectáculos en sus templos o auditorios. Debemos evitar caer en el error de añorar las estadísticas, de emplear sus técnicas y mucho menos de abrazar sus teologías «light» de estos nuevos movimientos religiosos.

Ahora bien, también debemos comprender que no todas las iglesias de gran tamaño con «no lugares». Algunas son lugares verdaderos donde la feligresía se sabe conocida, amada y aceptada por pastores y pastoras de gran integridad. La diferencia, por lo regular, estriba en el uso de grupos pequeños o «células» por medio de las cuales la feligresía establece y mantiene relaciones interpersonales verdaderas, aunque no puedan tener una relación personal con cada persona que visita el templo o que participa del culto por medio del Internet.

Creo que no debemos ver la riqueza material como la única y más importante manifestación de la «bendición» divina, equiparando el éxito económico con la madurez espiritual. La persecución del éxito a toda costa, exhibido por medio de títulos extravagantes, de teologías defectuosas y de la explotación económica de los feligreses, es un mal que debemos evitar.

En resumen, vivimos en una cultura del «show» donde ha surgido una religiosidad superficial, es decir, una espiritualidad «light». Ante esta situación, el desafío no puede ser más claro: Dios llama a la Iglesia a proclamar la verdad del Evangelio en un mundo dominado por la simulación.

¿Qué opina usted? Le invito a compartir su opinión, comentando tanto el contenido de esta columna como los comentarios de otros lectores y de otras lectoras.

El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado, PR. http://www.drpablojimenez.com

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