LA CENA DEL SEÑOR AYER Y HOY (Parte 3)

Por: Dr. Francisco J. Goitía

Desde el primer artículo identifiqué una posible matriz para re-atender el asunto de la cena del Señor desde un enclave principalmente protestante, a saber:

  1. el vacío y búsqueda espiritual de la tardía modernidad o la temprana posmodernidad,
  2. nuestra necesidad de símbolos que provean significado y nos empujen a mirar la vida con profundidad y misterio,
  3. la manera en que lo divino y lo humano se intersecan en la historia y los espacios de gracia, y
  4. la importancia de pertenecer a una comunidad para una relación saludable con Dios.

En el segundo artículo compartí algunas razones  que, en mi opinión, inciden en el estado de situación de la Iglesia en el tiempo que vivimos – el vacío y búsqueda de identidad espiritual de nuestros días:

  1. el cambio de paradigmas y de sistema de símbolos que se produjo durante la Reforma,
  2. la influencia pietista y puritana que le corta la respiración a las tradiciones y cristologías de la Reforma, y
  3. el anhelo y búsqueda espiritual desde el sujeto hiperantropocéntrico.

Lo digo de otra manera. Algunas de las razones para la angustia del ser humano en cuanto al asunto de su espiritualidad – su encuentro y relación con lo divino –  nacen del cambio paradigmático de la Reforma que ubicó el encuentro humano-divino en el púlpito y lo sacó de la mesa. Al suceder este cambio, y, desde acercamientos más bien zwinglianos al protestantismo, depreciarse el arte y lo simbólico en la experiencia religiosa, la geografía de los espiritual se redujo a su mínimo común denominador. Las influencias pietistas y puritanas de los próximos siglos resaltaron una agencia humana de decisión y una experiencia religiosas llana que socavó lo misterioso y lo sorprendente en nuestro encuentro con Dios.  Esto aún se sobre valúa en nuestros días por razón de una exagerada dosis egoísmo en nuestro entendimiento de la realidad y nos quedamos, finalmente, con un yo omnipotente, omnipresente, y omnisciente. Esto sin la robustez de un entendimiento de lo humano mismo, y de lo divino, que nos desafíen y nos hagan comprender la realidad de Dios como más. Al final, nos construimos y constituimos como nuestros propios ídolos y luego nos preguntamos; ¿dónde está Dios?

El vacío que sentimos es, pues, el vacío de nuestra propia humanidad; de nuestra condición humana y de nuestro entendimiento utilitario y mercantilista de Dios. Necesitamos una experiencia religiosa que le restaure al espacio donde vivimos y adoramos un entendimiento más ancho de nosotros mismos y de Dios. Esto lo podemos hacer reincorporando, de alguna manera, lo simbólico en nuestras vidas, de modo que el encuentro humano-divino se establezca y se viva en un espacio con posibilidades de lo eterno, y que, de paso, nos ubique en un entendimiento de nosotros mismos, de Dios, y de la realidad que vivimos, más allá de nuestras propias narices. Esto nos ayudará, finalmente, a recobrar un sentido profundo de comunidad. Comienzo por decir que Dios nos accede a través del lenguaje; que es el medio mediante el cual asumimos la realidad y nos asumimos nosotros mismos. El lenguaje es capaz de presentarnos, como diría Octavio Paz, nuestra orilla y la otra orilla; la orilla que es más que lo que podemos ver, contar y tocar. La otra orilla es desde donde nos llega lo divino. El lenguaje – con sus metáforas que se desbordan de significado como cuando los vaso se llenan de agua – nos refiere a, y nos ubica en,  lo simbólico. Los símbolo se forma de es un cúmulo de  experiencias lingüísticas que apuntan más allá de sí mismas – más allá de su referente gramatical inmediato – a lo absolutamente otro, mientras, a la vez, participan de eso a lo que apuntan.[1] Son, en lo religioso, la manera en que se nos presentan y nos asumen las epifanías: Moisés frente a la zarza ardiente, el llamado de Isaías en el templo en ocasión del velorio del rey Uzías; la visita del ángel a José y María y la transfiguración. Dios llega a la experiencia humana, que es asumida y vivida en el lenguaje, y nos presenta Su Palabra. El lenguaje es, entonces, el lugar de encuentro de lo divino y lo humano que se hace accesible mediante el uso de un carisma del espíritu: nuestra imaginación. Nuestra capacidad de soñar y ver más allá de lo obvio y lo tocable, de lo literal y lo contabilizable, fermentado por el poder del Espíritu Santo.

Hoy necesitamos reafirmar esta capacidad del lenguaje en el púlpito y rescatar la capacidad de la mesa para hacer lo mismo. Pues porque necesitamos lugares donde Dios irrumpa sin pedir permiso para derramarnos Su amor y Su gracia en nuestras realidades reducidas a lenguajes tecnocráticos y utilitarios que exprimen lo humano y lo divino y lo reducen a reflejos mal iluminados de nuestras propias idolatrías. La palabra que voy a usar para identificar esta capacidad del lenguaje que documenta la visita de Dios al púlpito y la cena es misterio. Misterio, en el ámbito religioso, no es tanto la cantidad de lo desconocido (como las películas de misterio) presente en lo que vivimos sino la cualidad de lo conocido que produce, no ignorancia ni fobia, sino asombro y devoción.[2] Lo misterioso, en cuanto a la cena, es la calidad de lo que conocemos acerca del amor y de la gracia de Dios: ¡nuestro Señor Jesucristo mismo! Entonces la cena – como una experiencia simbólica – es un lugar que apunta a lo absolutamente Otro que conocemos en su calidad como el misterio de la presencia del resucitado a la vez que los elementos ordinarios y perecederos – incluyendo la comunidad misma – que participan en la experiencia lo hacen sin mezclarse ni confundirse con lo divino a dónde apuntan y en quien participan. La cena se convierte en un espacio de gracia – un oasis de amor divino – donde somos asumidos por Dios al presentarse la calidad de lo que conocemos de Dios – Su Hijo – como nuestro alimento de vida y como nuestra sobreabundancia de significados más allá de nuestros reduccionismos.

Eliseo Pérez nos muestra otra dimensión de significado de esta experiencia de la cena. En su libro Ser y comer[3] Pérez nos recuerda que somos lo que comemos, que no somos a menos que no comamos, y que, aún más, somos lo que des-comemos. La abundancia y la carencia  en el comer, tanto como lo que comemos, o comemos mal, o dejamos de comer, son parte integral de nuestra identidad. Pérez nos recuerda más: nos refiere a los asuntos comestibles de Jesús. Aquí lo simbólico encuentra tanto su referente textual así como sus dimensiones kerigmática y profética. La calidad del misterio de Dios que es la presencia de Su Hijo en la mesa aterriza en nuestro comer y descomer; en nuestro tener o no tener para comer, en nuestro compartir o no compartir y en nuestras decisiones al comer en nuestras comidas diarias; y esto desde la cena del Señor a nuestras vidas. Así, el comer de la cena adquiere un significado práxico, profético y proclamatorio. La cena se hace nuestro alimento para vida por su carácter proclamatorio: Cristo es reconocido como el centro y significado último de lo que hacemos y cómo participamos de la experiencia; se hace empujón profético porque cómo comemos, y lo que comemos, en la cena del Señor, informa y forma cómo comemos, y lo que comemos, y con quien lo comemos, en la iglesia y en la vida. El comer de Jesús, y el nuestro, finamente, son presagio de un banquete mayor. Participamos con sudor y pecado de lo que ansiamos y soñamos en la eternidad y el reino de Dios. Al participar de la cena a la usanza de Jesús nuestras vidas, nuestras comunidades, nuestro pueblo, y toda la creación (que se presenta en los elementos) ensanchan sus límites de significado y dignidad, de carácter y solidaridad, al comer y participar de su comer según testificado en las Escrituras.

Esto nos hace comunidad. Nos hace más que la suma de las partes. Nos hace cuerpo. El cuerpo que apunta y refiere, que participa e invita, a la mesa. El cuerpo que muestra en sus prácticas y cicatrices la usanza del comer de Jesús. Que convoca y forma una comunidad diferente. Una comunidad donde la justicia, la gracia y la paz de Dios forman sus valores y acciones de modo que sea una lámpara en lo alto de un monte. Lo simbólico y lo cotidiano del comer; la participación en el misterio de Dios que se cruza con nuestras vidas nos muestran, modelan, y proveen una manera de ser comunidad que contrasta y crea fricción con las maneras en que viven y sueñan, para usar el lenguaje de Eliseo Pérez, las des-comunidades que comen, invitan, des-comen y acaparan a la usanza de la modernidad. La mesa del Señor es, finalmente, la comida y la conversación de sobremesa de una comunidad alternativa que sueña y trabaja por otro mundo posible. Una comunidad donde Su esperanza y proclamación se enredan vital y orgánicamente a Quien invitó, y se hizo mesa, de Zaqueo, de la mujer sirofenicia, de ciegos, leprosos y multitudes hambrientas. Necesitamos la mesa para ser humanos, para ser comunidad, y para ser planeta.

Esta es la comunidad Trinitaria de la que nos habla Leonardo Boff:

Cuando decimos comunidad, queremos resaltar las relaciones recíprocas, directas y totales que rigen entre las personas. Cada una de las personas se vuelve por completo hacia las otras. No guarda nada para sí. Lo pone todo en común: su ser y su tener (y yo digo con Eliseo: y su comer). De esta comunión radical surge la comunidad…en la Santísima Trinidad ocurre algo semejante y todavía más profundo. Los divinos tres son distintos e irreductibles. Uno no es el otro. Pero ninguno se afirma con exclusión del otro. Cada persona divina se afirma afirmando a la otra persona y entregándose totalmente a ella…De este modo hay riqueza en la unidad y no mera uniformidad. La Trinidad es el modelo de cualquier comunidad: respetando a cada una de las individualidades, surge la comunidad, gracias a la comunión y la entrega mutua.[4]

Así, nos llega de la otra orilla a través de lo simbólico en nuestro comer a la usanza de Jesús la huella digital de Dios mismo – Su Hijo – que le imprime sentido, propósito, vitalidad y destino a nuestras comunidades. Nuestro comer y nuestro participar en ésta mesa, en ésta comunidad, alimenta y define nuestro ser. Nos da identidad. Somos lo que comemos: somos el cuerpo de Cristo, por la presencia de Su Palabra en los elementos de la creación, en nuestro comer en la cena, y en nuestro comer de cada día. Somos más de lo que nos hace la vida y más de lo que nos dicen los reduccionismos ideológicos que nos exprimen cuando participamos de la cena del Señor. Necesitamos la mesa para ser humanos, para ser comunidad, y para ser planeta. Aquí, pues, en la cena del Señor, ensanchada por lo simbólico y aterrizada en el comer, tenemos un lugar donde llegar y aquí hay siempre de comer. Comida sin calorías huecas ni propaganda de pacotilla: comida de comunidad trinitaria, de resurrección  y vida eterna. Entremés del  reino. Gracias sean dadas a Dios.


[1]                 Paul Ricoeur, Interpretation Theory: Discourse and the Surplus of Meaning (Fort Worth: Texas Christian University Press, 1976), 53. Ver capítulo 3.

[2]                 Jaroslav Pelikan, The Melody of Theology: A Philosophical Dictionary (Cambridge and London: Harvard University Press, 1988), 167-171.

[3]                 Eliseo Pérez, Ser y comer: migajas en torno a la identidad (México: Centro Luterano de formación Teológica, 2012), 1-5.

[4]                 Leonardo Boff, La Santísima Trinidad es la mejor comunidad, trad. Alfonso Ortiz García (Bogotá: Ediciones Paulinas, 1991), 93.

Crédito de Imagen: la imagen corresponde al mural de la Iglesia Luterana Unida de La Plata (Congregación San Timoteo) http://iglesialuteranalp.wordpress.com/

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