Fenómeno mediático o ministros

Por: Ivelisse Valentin Vera

No es nuevo que los ministros siempre han estado expuestos al reconocimiento y la vida pública. Con el paso de los años y la difusión masiva que brindan los medios de comunicación visual como la televisión y ahora la internet, aquellos y aquellas que han alcanzado mayor exposición se les ha llamado “fenómenos mediáticos”. Una generación altamente mediatizada y globalizada no hace acepción de la iglesia y nos obliga a asumir posiciones. Unos se resisten mientras otros abrazan indiscriminadamente los medios de comunicación masiva, sobre todo las redes sociales en la internet.

Todos los extremos pueden ser nocivos. Resistir los cambios al extremo de demonizar nos ha llevado a perder los jóvenes de nuestras iglesias. Sin embargo, asumir la era digital y su efecto globalizador con una accesibilidad instantánea a información indiscriminada expone a nuestras comunidades de fe, sobre todo los más jóvenes, a todo tipo de información que en ocasiones atenta contra una fe sanadora. Aun así, no debemos temer a los cambios. Podemos apropiarnos de las nuevas tendencias, medios y lenguajes de comunicación para envasar el mensaje que queremos llevar sin demonizarlo. Aun quienes llamaban “cajón del diablo” a la televisión, dieron un vuelco a esa percepción y se han apoderado de lo ineludible. Hoy algunos lideres denominacionales, pastores locales y hasta miembros de instituciones educativas, no solo demonizan sino que se resisten a asumir los cambios que el siglo XXI inevitablemente trae (de hecho, el uso del término postmodernidad para describir sociedad del siglo XXI es casi una palabra soez para muchos).

Parte de nuestro reto como iglesia hoy debe estar en resolver la dualidad que como cristianos nos ha caracterizado para insertarnos en la vida en lugar de desencarnarnos de la misma, llevándole la contraria al mismo Jesús. Una absurda ironía es que nos comunicamos por Facebook, leemos el periódico en Endi.com, compramos pasajes por Orbitz, compramos Groupones, vemos películas por Netflix y no podemos despegar la mirada del celular que nos mantiene conectados con el mundo y sobre todo con nuestros amigos; sin embargo decimos en nuestras iglesias que nuestros jóvenes están más enajenados, ensimismados o individualizados por culpa de la tecnología, y los medios, que etiquetamos (equivocadamente) como productos de la secularización.

Es momento de revaluar lo que entendemos por conectividad, relaciones y hasta nuestro concepto de comunidad. Demonizar y criticar negativamente levanta resistencia. Entrar en dialogo con las generaciones emergentes sobre los nuevos paradigmas del Siglo XXI y cómo estos afectan nuestra vida y nuestra visión de iglesia —positiva y negativamente— podría permitirnos utilizar la experiencia, las escrituras, la razón y la tradición para lograr entrar en un proceso transformador con sabiduría para que pueda tener un efecto sanador y libertador.

Si la palabra de Dios es viva quiere decir que también vive con nosotros, evoluciona con nosotros, y aunque no cambie en su esencia, sí asume nuevas formas como el agua en un envase en el congelador, que nunca deja de ser agua aunque le llamemos hielo. Su función sigue siendo a misma, hidrata, sana, restituye, refresca, conforta y sobre todo SALVA. Tenemos que poner el Agua en nuevos envases como el vino en el odre que corresponde a su tiempo para que no se eche a perder.

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