LA CENA DEL SEÑOR: AYER Y HOY (PARTE 2)

Por: Dr. Francisco J. Goitía

He Ate with Outcasts  copy

Pintura por: Margaret Puckette (Oregon, USA)

Terminé el primer artículo dándoles la bitácora del segundo:

Ahora bien:

  • ¿qué significa todo esto en el siglo 21?
  • ¿Son estas controversias de hace 500 años, y los entendimientos que aún sostienen las diferentes comunidades cristianas, insignificantes para nosotros y nosotras hoy?

Las contestaciones a estas preguntas serán motivo de un segundo artículo. Los punteros de este segundo artículo serán, entre otros,

    1. el vacío y búsqueda espiritual de la tardía modernidad o la temprana posmodernidad,
    2. nuestra necesidad de símbolos que provean significado y nos empujen a mirar la vida con profundidad y misterio,
    3. la manera en que lo divino y lo humano se intersecan en la historia y los espacios de gracia,
    4. la importancia de pertenecer a una comunidad para una relación saludable con Dios.

Las controversias eucarísticas de la Reforma Protestante, pienso yo, son realmente ventanas que nos muestran las cristologías de los reformadores y, más aún, dilucidan el entrecruce de lo divino y humano que servirá de sustancia vital para las personas, las comunidades, las doctrinas y teologías que le siguieron. Esta intersección entre lo divino y humano se desplazará ahora al púlpito y se alejará o no  de la cena – según las afirmaciones de la presencia de Jesucristo en los elementos. Esto tiene mucho que ver, mirando entonces a nuestro panorama contemporáneo, con la contestación que demos a las cuatro proposiciones identificadas arriba.

El momento de la transubstanciación era el punto de encuentro o tangente divina-humana que servía de clímax no sólo a la misa sino al sistema penitencial de la tardía Edad Media y que proveía los beneficios de Cristo que eran administrados por la Iglesia. La piedad popular se nutría de este encuentro tangencial en su jornada de viator a la vez que era testigo – cada vez que la eucaristía era ofrecida – del milagro. No creo que podamos entender hoy el significado simbólico y existencial de este evento y de la piedad popular del tardío Medioevo. Me arriesgo a decir que aquí estaba la sustancia misma de la vida, de la relación de la vida con Dios, y de la manera en que Dios se derramaba en la Iglesia y en la sociedad. Más allá de toda crítica, la iconografía, la arquitectura, el arte, en fin, el mundo simbólico de ese tiempo, proveía espacios capaces de alimentar y despertar la imaginación de las personas desde esta intersección.

La Reforma documenta, precisamente, el colapso de este espacio simbólico y lo sustituye por otro. Las cristologías de los reformadores – y sus entendimientos de la encarnación – se convierten entonces en la articulación de este encuentro divino-humano. Lutero centra su teología en la cruz y la encarnación es plena y posible. Zwinglio y Calvino enfatizan la soberanía de Dios. Calvino habla de acomodo. Dios, en su encarnación, se acomoda a la capacidad humana de conocerle. Los anabaptistas, en general, privilegian la doctrina de la santificación. Asumen una cristología tradicional pero enfatizan la imitación de Cristo en la vida cristiana. Estos énfasis cristológicos, como dije, se ven en los entendimientos eucarísticos (ver primer artículo). La Palabra es ahora el lugar de encuentro entre lo humano y lo divino tanto como el encuentro mismo con Ella (Lutero), como puntero de un Dios soberano (Calvino y la tradición reformada) o como con la manera en que Ella – Cristo mismo – nos modela, invita y llama a vivir la vida diaria (la tradición anabaptista).

Como hemos visto el púlpito, como el lugar de la Palabra, se privilegia sobre la mesa. Con el transcurrir del tiempo, aún en las tradiciones que afirmaban algún tipo de presencia en los elementos de la eucaristía, se va opacando la mesa debido al asentamiento de las  influencias pietistas, y más tarde puritanas, en el protestantismo. Llega a nuestros días entonces una transferencia interesante: la presencia mágica de Cristo en los elementos de la eucaristía – criticada por los reformadores durante la Reforma – se ha traducido en la presencia mágica de Cristo en el púlpito. Esta presencia de Cristo en el púlpito se afirma sin explicarse ni asumir las cristologías de los reformadores. Se afirma como un poder de bendición y control estilo abracadabra que, de paso, se limita por la decisión de quien escucha, no tanto como afirmación doctrinal sino como la llegada de la modernidad y su antropocentrismo al espacio eclesial.

Este estado de situación eclesial provoca una aridez de símbolos en nuestra geografía de adoración y una cacofonía hueca en la proclamación protestante. Esto se añade a un espacio secular cada vez más sospechoso de la institucionalidad de la iglesia; al tanto de sus inquietudes espirituales, pero algo torpe en su búsqueda y anhelo espiritual debido, otra vez, a la confusión de su autonomía y ser frente a Dios con los postulados modernos – o posmodernos – del sujeto. La pregunta que nos hacemos todos y todas en este panorama es: ¿dónde está; y cómo nos atrapa, el encuentro divino-humano en la geografía de la Iglesia (y la sociedad) en nuestros días? Esta pregunta, si tiene algún amarre con la realidad que vivimos, se presenta como respuesta a la primera de las cuatro propuestas identificadas arriba: el vacío y búsqueda espiritual de la tardía modernidad o la temprana posmodernidad.

Por supuesto que la situación es más compleja que lo que aquí se ha discutido. Pero pienso que vale el amarre de este vacío, por lo menos en el ámbito protestante y evangélico, con

  1. al cambio de paradigmas y de sistema de símbolos que se produjo durante la Reforma,
  2. la influencia pietista y puritana que le corta la respiración a las tradiciones y cristologías de la Reforma, y
  3. el anhelo y búsqueda espiritual desde el sujeto hiper-antropocéntrico, o excesivamente centrado en sí mismo, de los días y tiempos que vivimos. Sin la valoración de lo simbólico – presente desde la gestación misma de la reforma en sus nuevas metáforas y lenguaje como un nuevo paradigma del ser humano, de Dios, y del espacio donde se da la relación divina-humana – que apunte y confirme el encuentro divino-humano, la Iglesia no tiene los recursos para atender la necesidad espiritual del hombre y la mujer occidentales contemporáneos.

Aquí seguimos en el tercer artículo…

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